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Nuestros diarios, de romances y de la mirada lateral del mundo, me cansaron, aunque lo sigo inscribiendo en la cotidianeidad. Como mujer quiero pensar las cosas grandes del mundo, la filosofía comandada por ellos todo el tiempo, y para nosotras, en cambio, sólo lo bello reducido a colágeno, mientras ellos todo lo destruyen.
El nuestro, hormigas trabajadoras. Incluso el saber y ciertos prestigios sociales, reducidos a nuestra condición otra, a puro sacrificio y sangre. Ahora, luego de un tiempo, ola feminista mediante, todo está estallado.
Después de la caverna se aceleró todo: la frialdad. Alienados e idiotizados nos conectamos con un mundo viejo que, agazapado, funciona siempre; colonizados nos arrojamos como ratitas robotizadas a las mieles de la aceleración que indican los poderes imperiales.
Categorías viejas retumban en nuestras caras sin un segundo de paz. Series de enlatados y producciones iguales. A mí, la agitación, como otros momentos de la historia, me encuentra buscando avales para pelear desde adentro un sindicato.
Sosteniendo otra década el sistema de salud desde adentro, peleando en un mundo laboral, y todos los pasillos del proceso kafkiano se encarnan en mí, mi cuerpo, y en paralelo un regodeo mental construyendo personajes a cada paso. Para cada estado burocrático y dictatorial hay una novela narrando los pasillos imaginarios, bastante fieles a nuestra Latinoamérica sangrante y loca, retratada en una pluma que marcaba con la mano el destilar de la cabeza y un pueblo.
En el medio, un susurro intacto de una tierra de rebeldes, cantores y poetas, guerrilleros y cuchilleros a veces; otras, mansas bestias reducidas al contacto de las masas embrutecidas. Aun así, de todo lo grande, nosotras somos una partícula del mundo; sólo nos vemos en todas las vidrieras como el objeto que otorgue esa cuota de vitalidad. Pero también lo natural y ancestral habita en nosotras, en nuestra genealogía de hombres rotos, ausentes por motivos varios.
En momentos de crisis paramos la olla, gestionamos las casas, y después me pregunto cómo intervenir en las mesas, pelear, construir afuera. A la intemperie de nuestra comedia musical, reducir el mundo al objeto mínimo que somos. El siglo XIX y el XX se calaron en mí, como la voz nueva de un Estado en crisis. La resistencia de una época boba que puede llevarnos puestos. Se responde con el cuerpo y la voz al desgarro, con la responsabilidad histórica de tu tiempo, sólo por ver entre tanto dormido.
¿Qué nos tocaría?, me preguntaba yo. La historia la hicieron otros, parecía, pero los retrocesos jóvenes pulsan extraño. La historia me habla en cada canción de la Negra Sosa, en cada extracto que recuerdo de una infancia profunda. Terriblemente profunda. Falta por escribir olores a infancia; retuercen el deseo en un loop más de haberlo vivido antes, pero esta vez más vacíos.
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