Arrancó como una gotera una
pequeña incisión en la hendija de una canilla. Ni siquiera es la central de la
casa, tardé en darme cuenta varios días hasta llegar a ella. El orificio de su
quiebre lo produjo el impacto de una explosión silenciosa. Lo supe luego.
Yo solo había decidido terminar
con el trabajo aquel eternamente procastinado. Ese día me mantuve entretenida
corría, sentía el ánimo que viene de ningún lado, pero es como un rayo de sol
en la cara. Sin sentido, imaginando en él la simbología de no sé qué cosa.
Pero está vez la interpreté mal.
La gota, el acotado conjunto de agua en una cantidad relativamente
escasa pero estable comenzó a deslizarse, el minutero
se confundía en un compás distinto interrumpido por una rajadura en el borde,
casi como un cuello. De las comisuras caía algo así como una baba
líquida que se volvía espesa en la fuerza que la dejaba caer. Yo seguía intentando sentarme con el café en
mano, resolver ese elemento perdido que debía escribir, ese contrato que tanto
dejaba para mañana. Y otra vez, el día llegaba su fin. El teléfono
sonaba y yo simplemente sentada frente al escritorio intentando retener el
cerebro en el asiento.
La junta de gotas carcomió de a poco, con su propio loop abriéndose paso para llegar como una enamorada del muro hasta las paredes, que se volvieron sudorosas como axilas que terminan recién su rutina de entrenamiento semanal. Las capas empezaban a separarse, los músculos a rasgarse y podía ver los límites de los materiales: pintura, enduído, cemento, ladrillo. Como en un baile de medianoche, fueron deslizándose por el piso de parqué hasta hacerlo crecer, hinchándose, engordando como visita de domingo en casa ajena, todo estaba siendo inflamado por la legión de partículas.
Los días pasaron. El lunes sucedieron cosas por lo tanto sólo pude hacer el análisis, aunque para eso no me separé de los escritos, debía hacer el trabajo de un letrado yo que apenas sabía porqué me pagaban. El miércoles y el jueves se pasaron como en el afluente de todo. Para el viernes, cuando pude sacar los ojos del teclado. Ya todo había pasado, habían minado todo, el ejercito trabajó sin descanso, las baldosas se inflamaron y se quebraron. Cuerpos muertos se desprendían de los cestos de ropa húmeda que infectaron todos los ambientes de un olor nauseabundo como olla que se pudre en el calor de la tarde y fermenta.
El sábado para cuando terminé el escrito los despojos de la guerra se rebelaron ante mi. Y el motivo tan sólo comenzó como esa pequeña pérdida intrusa, chiquita y diminuta que sostenible en el tiempo se llevó todo.
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