sábado, 23 de septiembre de 2023

mariaclet

 MariaClet es de esas historias que tienen cuerpo, resonancia y color en sí mismas diría a la distancia que sería como un verde pistacho tornasolado, o un violeta perlado, esos que venían en los sets para niñas que comprabamos en los todo por dos pesos allá por los 90. A veces conocer a alguien en el secreto de una mente que escribe es como ser un ladrón y atesorar extractos que servirán en el futuro. De ella tenía varios. 



 Quién puede pensar que una niña de origen desconocido para lo que es posible comunicar luego en la propia biografía, sería asaltada por semejante fortuna y tan extrema soledad.  


Mariacleta había sido recogida de un orfanato por dos abuelos bien intencionados cuando ella tenía seis años. Ellos poseedores de grandes cantidades de propiedades no tenían ni núcleo familiar extendido, ni hijos lo que provocó el deseo de adoptar. A ella la llevaron a los colegios más paquetos de la recoleta, le gustaba el buen helado, y las tortas. Cosas que hace la gente en la ciudad, ir comiendo cositas por las mismas cuadras en donde caminan en pijama pero ahora toda pintarrajeadas y trajeados como de domingo.  Mi distancia barrial pensaba en las reuniones de señoras en la esquina con plumero en la cabeza y escoba en mano, porque el 1930 del pueblo de Puig sigue vigente en los rincones del conurbano. Así que ahí estaba ella, desterrada de no sabemos dónde, viviendo la vida del sueño a lo argentino. “Vivir de rentas” y que el mundo explote por los aires mientras cotizo mis huesos en ladrillos y dólares.  Le gustaban los lugares exóticos para veranear,ir a Turquía o Egipto  cada verano y lugares por demás lejanos sin temerle a nada tanto como le temía a la agencia de recaudación del estado. Había algo en sus conducta propia de lo que podríamos denominar “el impostor”, le gustaba simular una austeridad que no se correspondía con su vida. Lo particular en ella era que el lloro en su boca era el rumiar exacto de un desposeído y eso, eso era tan claro para quien la escuchaba.  Su clío verde oscuro cayéndose a pedazos lo decía a gritos en los kilos de polvo incrustado en cada hendija del paragolpe o sus vidrios polarizados por el olvido del agua tocandolos. O los mosquitos disecados e inmortalizados en el vidrio retrovisor.

Su tumbar era jovial, delicadamente antiguo era un punto menos de las exageraciones de una de las Juanas, a veces se le corría el labial rosa viejo pastoso como barato y vencido. Todo en ella tenía olor a los  90 como si todos los productos la llamaran a esa década. Y a ese lamento, con una ligera consciencia de sociabilidad. Los trabajadores para ella eran sus inquilinos. De Omar sabía que trabajaba en el sindicato de no se qué, y que Juan era enfermero en no se donde y diseminaba con esa boca adormecida por el pinta labios los chimes de gente que no sabía más que su calidad de trabajador. Entiendo que tiene que ver con la capacidad adquisitiva y la estabilidad, es verdad en Argentina todo es un acto de fe. Por eso conviven todo tipo de creencias y desconfianzas.

Vivía en un departamento que nunca llegué a conocer del todo, pero todo el arco visual eran puros papeles. Siempre en obra, espacios inhabilitados y muchos tapetes de turquia y los países árabes que le fascinaban. Pero se notaba que nadie la visitaba.

La gente en la ciudad no se invita a su casa. Todo era de un ser que camina por la calle y anda contando los centavos de todas las boletas de luz y de gas. Le afanaba la posibilidad que una empresa le robara cinco centavos. A nosotras las asalariadas es un balance entre un regaño laboral. Y como todo, hasta que realmente no duele, no podemos quejarnos. Implican tiempo, ganas energía y una vida lo suficientemente estable como para perseguir la medición de 10 departamentos en un Clío zoológico y descolocado. La fascinación por lo heterogéneo del concepto en sí me trastornaba un poco, pero en el fondo sé yo era en su escala de valores una suerte de amiga.

En la categoría que puede ser, que puede entrar una conversación mensual. Había algo de su necesidad de retenerme, de llevarme ahí para que yo le cuente el mundo. Ese que escuchaba pero no veía más que por lo que le parecía que le querían sacar.

Había algo que si la ponía feliz: emplear. Se traducía en sus ojitos vaciados. No la dejaba vivir el principio de persecusión monetaria que sufría. Y creo que podría ser una teoría de la mosquita resucitada. Quizá el desarrollo de otra cosa, por ahí.


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